Ustedes: peruanos y ecuatorianos

Veinte años de paz. El 17 de febrero se conmemora el aniversario de la declaración de Itamaraty, que puso fin al último conflicto entre Ecuador y Perú. 

Nos conocimos hace poco, asistiendo a un taller de teatro. Ella tiene unos 20 años, es una jovencita tímida y parece muy frágil. Hasta hoy hemos hablado poco ya que durante los ensayos no hay mucho tiempo para conversar. A la salida, a veces, algunos del grupo nos quedamos afuera para fumar en las gradas del teatro donde nos vemos una vez a la semana. Ella y su amigo rara vez se han sumado al grupo, por lo general se despiden y se van, diciendo que si no van a perder el bus.

Ahora los dos están conmigo, en mi auto. Vamos a reunirnos con los demás en un restaurante del centro. Quedamos en eso el otro día. Alguien dijo: ¿por qué no vamos a comer algo todos juntos? Después del ensayo, ¿qué tal? El lugar del encuentro está algo lejos del teatro, así que me ofrecí para acompañarles. Luego de algunos segundos de normal incomodidad entre personas que se están conociendo arranca la conversación. Hablamos de cuánto tiempo vivimos en Italia, todos más de diez años. Luego abordamos el tema del español, entre migrantes se habla a menudo de esto porque es difícil retomar tu idioma materno cuando estás acostumbrado a hablar cotidianamente en otra lengua, de golpe nos damos cuenta de que estamos hablando en italiano y nos reímos un poco.

La carcajada relaja el ambiente y pasamos al español. Habiendo vivido todos estos años en Florencia hemos adquirido la cadencia local y sólo ahora notamos nuestras diferencias en el acento, quiteño el mío, limeño el suyo.

El novio de mi tía es ecuatoriano, me dice ella. ¿Pero te puedo decir algo? Dime nomás, le respondo. Este novio de mi tía es un poco, no sé, creído. Parece que por ser de Quito se cree mejor que los demás. Sonrío, hay gente así en todo lado, le respondo, en Quito, en Florencia y creo que en Lima también. ¿No es así? Me dan ganas de añadir algo, así que le hablo de la vieja rivalidad entre Quito y Guayaquil. Ella dice ya, de verdad, tienen rivalidad con nosotros también. Ustedes los ecuatorianos nos invadieron porque nos querían robar un pedazo de territorio. ¿No es cierto? Me lo contó mi tía.

Su afirmación me deja seco, viro la cabeza para mirarla. En menos de un segundo acuden a mi mente los recuerdos de la escuela, cuando nos decían que el Perú era el invasor, me acuerdo de la batalla de Tarqui, del juramento a la bandera, en el aire, en el mar y en la tierra. Me acuerdo también de Jaime Guevara y la canción del remiso, de los amigos peruanos que he ido conociendo. Me acuerdo que tenía veinte años durante la guerra del Cenepa y que cuando firmaron la Declaración de Itamaraty lo que sentí fue alivio.

Me acuerdo de todo esto pero no soy capaz de decir nada, simplemente esbozo una sonrisa y le pregunto cuántos años tenía en 1995, año de la firma de la declaración. Creo que dos o tres, dice, era pequeñita, no me acuerdo nada de ese tiempo. Declara todo esto con un candor casi infantil y me doy cuenta que ella vive in Italia desde que era una niña. ¿Qué rayos puede significar la guerra del Cenepa para esta joven? Le digo ¿sabes qué? Para mí la guerra, cualquier guerra, produce sólo victimas, no héroes. Esa guerra ya se terminó, lo cual es una fortuna para todos y ojalá que nunca se repita. ¡Amén! Veo que ella sonríe y también su amigo. Menos mal.

Imagino que yo solito tengo más años que los dos juntos, pero no digo nada porque la idea me hace sentir viejo. La chica ya no dice nada, esta vez es su amigo el que cambia conversación. Me gusta el teatro, dice, siento que me libera. Ah sí, eso sí, digo rapidito, el teatro es liberador, nos libera de todo, hasta de nosotros mismos. Veo que me quedan mirando con una expresión algo rara. Discúlpenme, les digo, es la edad. Los dos ríen de nuevo. Es cierto que el dolor no tiene nacionalidad, por fortuna la risa tampoco.

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