El peligro de llamarle fascista a todo el mundo

Fascista es una palabra muy usada hoy en día. Uno se puede ganar el apelativo por motivos graves, como el padre déspota que da coscorrones a su hijo para que mejore en la escuela, o la madre autoritaria que le deja desnudo a un niño para que sienta vergüenza y deje de mojar la cama. Por otra parte hay ocasiones en las que el adjetivo fascista es usado en manera más bien banal, dirigido a quienes defienden ideas impopulares, a los pedantes o a los descorteses.

El hecho es que hay una categoría de personas excesivamente moralizadoras, que aspiran a un mundo mejor, con más respeto, con más igualdad, con más todo; pero que son las mismas que usan el adjetivo fascista para apostrofar a todos los que, según ellos, se alejan de ese modelo de pureza celestial que albergan en sus mentes iluminadas. Es así que si un día hablas mal de una música que no te gusta ¡fascista!, si mandas a tu hijo a dormir siempre antes de las nueve y media porque al otro día tiene escuela ¡fascista!, si en una asamblea a las doce de la noche dices que no es justo que los veinte participantes hablen por tercera vez ¡fascista!, si matas a una mosca en vez de pedirle con gentileza que salga de tu casa por la puerta principal ¡fascista!
A personas así habría que llamarlas con otro adjetivo, jacobino. El problema es que fascista suena mucho peor, pone al insultado de la parte del mal y a insultador de la parte del bien. Las palabras son poderosas.
Y ese es precisamente el problema, el adjetivo fascista tiene un significado muy preciso y usarlo por motivos triviales lo transformará en una palabra sin peso. Si esto sucediera, no vamos a ser capaces de reconocer a un verdadero fascista cuando lo encontremos, ya que para nosotros será un fascista hasta aquel que no deje la basura en su lugar.
El fascismo fue el período en el cual Mussolini governó Italia, entre 1922 y 1943. Durante el fascismo quien no pertenecía al partido nacional fascista tenía problemas para trabajar, estudiar o crear una empresa; la sociedad fue dividida en corporaciones que daban un carné para cada tipo de empleo, quien deseaba trabajar necesitaba el carné; podía existir sólo la prensa reconocida por el gobierno; los periodistas podían publicar sólo las noticias autorizadas por el ministerio de la cultura popular; el gobierno daba fondos a las actividades culturales, sólo si eran autorizadas. Los sindicatos o asociaciones independientes estaban prohibidos.
En el fascismo, el gobierno decidía lo que era arte, cultura, deporte, arquitectura; lo que estaba bien y lo que estaba mal; lo justo y lo injusto; lo que debían pensar los ciudadanos. Los miembros del partido fascista tenían la misma camisa.
El fascismo condujo a Italia hacia la segunda guerra mundial como aliada de la Alemania nazi, además promulgó leyes raciales en contra de los judíos. Durante el fascismo hubo muchas obras públicas como puentes, edificios, carreteras, gracias a las cuales Mussolini mantenía su popularidad.
Todo esto es historia, consultable dondequiera. 
Por desgracia ese modelo de sociedad está volviendo. Europa está llena de movimientos de ultraderecha, ultranacionalistas y xenófobos, los mismos que desean llegar al poder para instaurar gobiernos con una visión fascista de la sociedad. Algunos gobiernos que se declaran nacionalistas ya han comenzado a elaborar políticas contra la libertad de prensa y la autonomía del poder judicial, como la Hungría de Viktor Orban y la Polonia de Beata Szydlo.
En vez de llamarle fascista a quien no le agrada la misma música que a usted, piense en un verdadero fascista. Si se le presenta uno ¿sería capaz de reconocerlo?

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