La enfermedad y el permiso de estadía

Relato de hace algunos años. Una enfermedad repentina con el permiso de estadía vencido por unos días, bastó para que el derecho a la salud se esfumara.

Los años pasan y dejan su huella sobre nuestra salud como un 4×4 sobre un sendero fangoso. Hoy soy pesimista y tengo
un buen motivo. Llevo tres noches sin dormir por culpa de mi
sinusitis invernal. Me despierto de madrugada porque no estoy
respirando. Y no sólo eso, mi nariz se ha vuelto más ruidosa que
una tetera en ebullición.

Contándolo así parecería un problemita sin importancia. Ve al
doctor para que te dé algo, me dirán ustedes. De hecho fui al
consultorio de mi doctora y a la secretaria le expliqué que soy el
tipo con la sinusitis y el asma, el que necesita el aerosol y las
pastillitas, que no necesito una cita, la doctora sabe quien soy y me
manda la receta directamente a la farmacia de abajo, donde iré luego
a recoger mis medicinas apenas pueda. La señorita, educada y muy
gentil, toma nota y me dice que pase por la farmacia en la tarde,
luego de las cinco. Parece todo hecho pero no, aquel día no logro
pasar, me resigno a transcurrir otra noche insomne y me consolo
pensando que al día siguiente todo terminará y podré dormir en
paz.

El día después me atraso, sólo en la tarde alcanzo a pasar y a
pedir mi bendita receta. La señora farmacéutica me pide que espere
mientras busca mi nombre entre la montaña de hojitas coloradas que
asoman desde el cajón atrás del mostrador. Después de un minuto se
da la vuelta con aire de contrición. No está mi nombre. ¿Cómo es
posible? Trato de explicarle todo de nuevo pero la señora me detiene
con un gesto de la mano y me pregunta con un poco de vergüenza
¿todo bien con su permiso de estadía? Me quedo estupefacto. ¿Qué
pregunta es esa? De golpe lo entiendo todo y me dan ganas de tirarme
el cabello.

El permiso de estadía está
bien, lo estoy renovando, en pocos días me darán uno nuevo. El
problema es que mi tarjeta sanitaria se ha vencido con el permiso de
estadía viejo y no puedo obtener mis medicinas hasta que no saque
una nueva tarjeta en el registro sanitario. Pero para hacer esto
necesito el permiso de estadía nuevo… que recibiré en algunos
días. Mientras tanto no duermo por culpa de mi sinusitis invernal.

Desesperado vuelvo a casa y
llamo al consultorio de mi doctora. Ahora no está, me responden, hay
que llamarla al otro consultorio. Pregunto el número y con la mano
temblante llamo. No puede responder ahora, llame en un cuarto de
hora. Llamo de nuevo y nada, la doctora no puede responder. Tenga
paciencia, me dice la señora al otro lado del teléfono, llame más lueguito, ¿ya?

Mientras tanto he escrito
todo esto, comienzo a pensar que no voy a dormir por lo menos hasta
el viernes, o si no voy sin tarjeta sanitaria a las emergencias en el
hospital. Me rompo un dedo, me hago curar y mientras voy saliendo
pregunto como si nada. ¿Por si acaso tienen algo para la
sinusitis y el asma? Ya que estamos aquí.

Esperemos que no me toque
hacerlo, veamos qué pasa. Llamo a mi doctora otra vez. Responde.
¡Viva! Buenas tardes. Comienzo a explicarle todo desde el principio,
ella también me detiene. Claro que me acuerdo pero lo siento, no
puedo darte nada con la tarjeta vencida. Trato de argumentar, la saco
rapidito, no es mi culpa, no puedo dormir. Nada que hacer, no se
puede. Lo siento, debes comprarte la medicina. ¿Comprar? Entonces no
importa, le digo, bien feliz. Perdóneme doctora, soy un tonto, no sé
por qué creía que no pudiesen darme la medicina sin su receta, no
importa, me la compro, no hay problema.

Voy corriendo a la farmacia,
entro y pido mi medicina mostrando el viejo tubito vacío. La
farmaceútica no es la misma de antes. ¿Se la paga usted mismo? ¿No se la cubre el seguro social? Pregunta ella como diciendo, ¿estás
seguro? Claro, claro, le digo inflándome como un gallo de granja.
Faltaba más, pienso, de vez en cuando me la puedo pagar yo, mi
medicina, si no para qué trabajo. Son 53 euros por favor. Me quedo
petrificado y no logro decir nada mientras la mano paga, ignorando
olímpicamente la débil voluntad del cerebro que desearía irse
tirando la puerta. Luego recuerdo que sin este tubito no duermo, me
siento débil y frágil, tomo el vuelto y salgo agradeciendo.

Me encuentro en la acera con
la medicina en el bolsillo y 53 euros menos en la billetera. Trato de
consolarme diciendo «está bien, de vez en cuando hay que pagarse las
medicinas del bolsillo de uno». Pero luego me acuerdo de los
impuestos, de las multas, de la cuota estatal obligatoria por la TV,
del seguro del auto, del comedor escolar de los hijos, de las
cuentas, de la pensión complementaria que no puedo pagarme para
tener una jubilación decente, del trabajo interinal, de los
doscientos euros que me cuesta el permiso de estadía, del
sindicalista que si no compras el carnet de su sindicato no te
recibe, del registro sanitario.

Recuerdo todas estas cosas
hermosas de la vida cotidiana y pienso que he hecho todo, he pagado
todo, he respetado los plazos sin chistar. Si pudiera hasta iría a
votar.

Por lo general no aprecio los
discursos de la gente que se queja. Pero esta vez es demasiado. En
serio amigos, no. No me merecía esto, la medicina del seguro social
era mi derecho como lo es para todos, no estaba de ilegal, estaba renovando el permiso. Puedo desahogarme sólo
escribiendo. La próxima vez trataré de no enfermarme cuando se vaya
a vencer el permiso de estadía.

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