Jorga

Familia, migración y afectos incompatibles con la geografía

Vivir en un lugar lejano del propio terruño puede causar sacrificios insólitos y laceraciones insanables, no importa qué decisiones se tomen. No es fácil imaginar hacia qué tipo de dolor pueda conducir una vida en la que los afectos y la geografía sean incompatibles. Cuestión de elección o inconsciencia, llega un momento en el que la vida presenta la cuenta a cada quien por el rumbo que ha tomado. Estos son tres relatos de momentos difíciles, como los que enfrentan tantas personas migrantes, en este caso tres familias ecuatorianas en Italia.


Roberto
es un niño vivaz, curioso y alegre; por desgracia su relación con la escuela siempre ha sido turbulenta. Nacido en Italia de padres ecuatorianos, inicialmente tiene problemas con el idioma, hasta el punto que las maestras del jardín de infantes piden a sus padres que hablen en italiano en casa, entre ellos, para que el niño no tenga problemas cuando vaya a la primaria.

Antes de llegar a primer grado Roberto es ya perfectamente bilingüe pero sus padres no viven tranquilos por otra razón. Ambos trabajan en un restaurante muy prestigioso en el cual reina una atmósfera densa, principalmente porque el dueño es tirano y dictatorial. El padre del niño renuncia después de pocos años porque no soporta como lo tratan, desde ese momento no logrará encontrar un trabajo fijo y se ganará la vida como ocasional. Luego la madre también se queda sin trabajo a causa de su segundo embarazo, cuando llega el hermanito de Roberto su jefe la maltrata hasta que ella también renuncia. Aunque sabe que encontrar otro trabajo será muy difícil, no logra soportar y se va.

La joven pareja desearía quedarse en Italia pero las circunstancias no lo permiten, es así que regresan a su país para abrir un negocio. En fin de cuentas para ellos es mejor así y se resignan pero el pequeño Roberto no es feliz, ha crecido y ha llegado a la escuela, para él Italia siempre ha sido su casa y se niega a aceptar el cambio. Desde que llega a Ecuador vive enfadado y saca malas calificaciones en la escuela. Además encuentra una maestra que quiere hacerle repetir el año porque, segun ella, no habla bien español y si pasa sin saber bien el idioma no sería justo para sus compañeros. La vida del pequeño Roberto es muy dificultosa y sus padres sufren por ello, pero no pueden hacer nada.

Clara es una adolescente como muchas otras, le gusta bailar, la ropa a la moda y las series en tv. Ella también es hija de padres ecuatorianos, sólo que ellos querían quedarse en Italia pocos años, ahorrar y luego volver a su país natal. Cuando era pequeña Clara tuvo un accidente, se cayó, se golpeó la cabeza y la llevaron al hospital. Cuando la dieron de alta los doctores dijeron que parecía fuera de peligro pero que habría que someterla a controles anuales y esperar hasta la adolescencia para tener la certeza de que no se presentarían complicaciones.

Para permitir que su hija acceda a la asistencia sanitaria italiana, la pareja decide posponer el añorado regreso. La situación cambia inesperadamente cuando, ya antes de terminar la escuela primaria, Clara dice directamente a sus padres que no tiene ninguna intención de abandonar Italia, ya que la considera su país. Hace poco, ha afirmado además que apenas sea mayor de edad pedirá la ciudadanía italiana porque ella cree que la merece por derecho y hará todo lo necesario por obtenerla.

Los padres de Clara ahora esperan poder regresar a su país para disfrutar de su vejez, aunque ya no están seguros de ello. El amor por su hija es más fuerte que el dolor provocado por el desarraigo y, al parecer, se han resignado a vivir con esta herida.

Manuel en cambio llegó a Italia solo y luego de algunos años formó una familia. Ahora está casado con una italiana y tienen dos hijos. Los precios de los boletos aéreos para volver a Ecuador a visitar a sus padres son muy altos, por eso ha logrado volver sólo tres veces en quince años. La primera vez fue solo, la segunda con su compañera y el primer hijo, la tercera vez ya casado con su esposa y con dos hijos.

Él confiaba en poder ahorrar con el tiempo e ir más seguido a su país para que sus hijos y su esposa pudieran estrechar lazos con su familia de origen; sólo que el tiempo pasaba, la situación económica no mejoraba y su madre se enfermó de Alzheimer poco antes de jubilarse. Ahora debe ayudar económicamente, como puede, con los gastos de medicinas y exámenes de su madre, que vive con su padre y su hermana.

Se ha creado una situación complicada, el dinero que Manuel podría ahorrar para un hipotético viaje lo envía para colaborar con los gastos de su mamá, la cual mientras tanto pierde rápidamente la memoria y la autosuficiencia. Las últimas veces que han hablado por teléfono han sido muy tristes, normalmente las conversaciones telefónicas con su madre eran largas y animadas pero desde que ella se ha enfermado no conversa por más de un par de minutos, ya que luego se va sin colgar el teléfono, olvidándose de lo que estaba haciendo.

El último año ha sido muy duro para todas las familias. Manuel ha tenido problemas de salud porque ha somatizado la enfermedad de su madre. Tiene insomnio, pasa siempre de mal humor y discute con su esposa por pequeñeces. Encuentra paz interior sólo al jugar con sus hijos pero la tristeza está siempre ahí, al acecho. No queda más que seguir. Seguir soportando, buscando, inventando pero también llamando por teléfono, aunque las llamadas ahora sean más cortas, porque dejar de llamar sería peor.

El peligro de llamarle fascista a todo el mundo

Fascista es una palabra muy usada hoy en día. Uno se puede ganar el apelativo por motivos graves, como el padre déspota que da coscorrones a su hijo para que mejore en la escuela, o la madre autoritaria que le deja desnudo a un niño para que sienta vergüenza y deje de mojar la cama. Por otra parte hay ocasiones en las que el adjetivo fascista es usado en manera más bien banal, dirigido a quienes defienden ideas impopulares, a los pedantes o a los descorteses.

El hecho es que hay una categoría de personas excesivamente moralizadoras, que aspiran a un mundo mejor, con más respeto, con más igualdad, con más todo; pero que son las mismas que usan el adjetivo fascista para apostrofar a todos los que, según ellos, se alejan de ese modelo de pureza celestial que albergan en sus mentes iluminadas. Es así que si un día hablas mal de una música que no te gusta ¡fascista!, si mandas a tu hijo a dormir siempre antes de las nueve y media porque al otro día tiene escuela ¡fascista!, si en una asamblea a las doce de la noche dices que no es justo que los veinte participantes hablen por tercera vez ¡fascista!, si matas a una mosca en vez de pedirle con gentileza que salga de tu casa por la puerta principal ¡fascista!
A personas así habría que llamarlas con otro adjetivo, jacobino. El problema es que fascista suena mucho peor, pone al insultado de la parte del mal y a insultador de la parte del bien. Las palabras son poderosas.
Y ese es precisamente el problema, el adjetivo fascista tiene un significado muy preciso y usarlo por motivos triviales lo transformará en una palabra sin peso. Si esto sucediera, no vamos a ser capaces de reconocer a un verdadero fascista cuando lo encontremos, ya que para nosotros será un fascista hasta aquel que no deje la basura en su lugar.
El fascismo fue el período en el cual Mussolini governó Italia, entre 1922 y 1943. Durante el fascismo quien no pertenecía al partido nacional fascista tenía problemas para trabajar, estudiar o crear una empresa; la sociedad fue dividida en corporaciones que daban un carné para cada tipo de empleo, quien deseaba trabajar necesitaba el carné; podía existir sólo la prensa reconocida por el gobierno; los periodistas podían publicar sólo las noticias autorizadas por el ministerio de la cultura popular; el gobierno daba fondos a las actividades culturales, sólo si eran autorizadas. Los sindicatos o asociaciones independientes estaban prohibidos.
En el fascismo, el gobierno decidía lo que era arte, cultura, deporte, arquitectura; lo que estaba bien y lo que estaba mal; lo justo y lo injusto; lo que debían pensar los ciudadanos. Los miembros del partido fascista tenían la misma camisa.
El fascismo condujo a Italia hacia la segunda guerra mundial como aliada de la Alemania nazi, además promulgó leyes raciales en contra de los judíos. Durante el fascismo hubo muchas obras públicas como puentes, edificios, carreteras, gracias a las cuales Mussolini mantenía su popularidad.
Todo esto es historia, consultable dondequiera. 
Por desgracia ese modelo de sociedad está volviendo. Europa está llena de movimientos de ultraderecha, ultranacionalistas y xenófobos, los mismos que desean llegar al poder para instaurar gobiernos con una visión fascista de la sociedad. Algunos gobiernos que se declaran nacionalistas ya han comenzado a elaborar políticas contra la libertad de prensa y la autonomía del poder judicial, como la Hungría de Viktor Orban y la Polonia de Beata Szydlo.
En vez de llamarle fascista a quien no le agrada la misma música que a usted, piense en un verdadero fascista. Si se le presenta uno ¿sería capaz de reconocerlo?

Ustedes: peruanos y ecuatorianos

Veinte años de paz. El 17 de febrero se conmemora el aniversario de la declaración de Itamaraty, que puso fin al último conflicto entre Ecuador y Perú. 

Nos conocimos hace poco, asistiendo a un taller de teatro. Ella tiene unos 20 años, es una jovencita tímida y parece muy frágil. Hasta hoy hemos hablado poco ya que durante los ensayos no hay mucho tiempo para conversar. A la salida, a veces, algunos del grupo nos quedamos afuera para fumar en las gradas del teatro donde nos vemos una vez a la semana. Ella y su amigo rara vez se han sumado al grupo, por lo general se despiden y se van, diciendo que si no van a perder el bus.

Ahora los dos están conmigo, en mi auto. Vamos a reunirnos con los demás en un restaurante del centro. Quedamos en eso el otro día. Alguien dijo: ¿por qué no vamos a comer algo todos juntos? Después del ensayo, ¿qué tal? El lugar del encuentro está algo lejos del teatro, así que me ofrecí para acompañarles. Luego de algunos segundos de normal incomodidad entre personas que se están conociendo arranca la conversación. Hablamos de cuánto tiempo vivimos en Italia, todos más de diez años. Luego abordamos el tema del español, entre migrantes se habla a menudo de esto porque es difícil retomar tu idioma materno cuando estás acostumbrado a hablar cotidianamente en otra lengua, de golpe nos damos cuenta de que estamos hablando en italiano y nos reímos un poco.

La carcajada relaja el ambiente y pasamos al español. Habiendo vivido todos estos años en Florencia hemos adquirido la cadencia local y sólo ahora notamos nuestras diferencias en el acento, quiteño el mío, limeño el suyo.

El novio de mi tía es ecuatoriano, me dice ella. ¿Pero te puedo decir algo? Dime nomás, le respondo. Este novio de mi tía es un poco, no sé, creído. Parece que por ser de Quito se cree mejor que los demás. Sonrío, hay gente así en todo lado, le respondo, en Quito, en Florencia y creo que en Lima también. ¿No es así? Me dan ganas de añadir algo, así que le hablo de la vieja rivalidad entre Quito y Guayaquil. Ella dice ya, de verdad, tienen rivalidad con nosotros también. Ustedes los ecuatorianos nos invadieron porque nos querían robar un pedazo de territorio. ¿No es cierto? Me lo contó mi tía.

Su afirmación me deja seco, viro la cabeza para mirarla. En menos de un segundo acuden a mi mente los recuerdos de la escuela, cuando nos decían que el Perú era el invasor, me acuerdo de la batalla de Tarqui, del juramento a la bandera, en el aire, en el mar y en la tierra. Me acuerdo también de Jaime Guevara y la canción del remiso, de los amigos peruanos que he ido conociendo. Me acuerdo que tenía veinte años durante la guerra del Cenepa y que cuando firmaron la Declaración de Itamaraty lo que sentí fue alivio.

Me acuerdo de todo esto pero no soy capaz de decir nada, simplemente esbozo una sonrisa y le pregunto cuántos años tenía en 1995, año de la firma de la declaración. Creo que dos o tres, dice, era pequeñita, no me acuerdo nada de ese tiempo. Declara todo esto con un candor casi infantil y me doy cuenta que ella vive in Italia desde que era una niña. ¿Qué rayos puede significar la guerra del Cenepa para esta joven? Le digo ¿sabes qué? Para mí la guerra, cualquier guerra, produce sólo victimas, no héroes. Esa guerra ya se terminó, lo cual es una fortuna para todos y ojalá que nunca se repita. ¡Amén! Veo que ella sonríe y también su amigo. Menos mal.

Imagino que yo solito tengo más años que los dos juntos, pero no digo nada porque la idea me hace sentir viejo. La chica ya no dice nada, esta vez es su amigo el que cambia conversación. Me gusta el teatro, dice, siento que me libera. Ah sí, eso sí, digo rapidito, el teatro es liberador, nos libera de todo, hasta de nosotros mismos. Veo que me quedan mirando con una expresión algo rara. Discúlpenme, les digo, es la edad. Los dos ríen de nuevo. Es cierto que el dolor no tiene nacionalidad, por fortuna la risa tampoco.

Hitos de un idioma lleno de “itos”

Era de que venga más antes- me dijo la señora de la tienda cuando llegué a comprar pan en la noche y éste ya se había acabado. Ya que no pude comprar el pan le pregunté si podía hacer una recarga en mi celular y me contestó: -”Ahorita no tengo, venga más lueguito”-. Enseguida mi mente regresó a 15 años atrás, cuando una amiga en Argentina se reía con cara de asombro repitiendo : -“¿más lueguito…boludo?”-, mientras nos despedíamos y yo le invitaba a vernos luego de un rato. Y es que esas frases tan cotidianas para nosotros, pueden ser algo inentendible o motivo de risas para otros.

Pensándolo bien, ¿por qué le agregamos la palabra “más” si podríamos decir solamente luego? Parecería que el “más” significa que es un poco más tarde que luego, es decir después que luego. Y el diminutivo significa lo contrario, o sea que: “más lueguito”, no es tan tarde como “más luego”, pero sí es, después de luego. Clarísimo ¿verdad? La cosa no termina ahí, la utilización del diminutivo se extiende más allá de la relación temporal y puede además tener connotaciones espaciales. Por ejemplo cuando nos preguntan dónde está tal o cual dirección y está cerca respondemos -“aquisito”. Además el diminutivo es usado de manera cuantitativa. Así que si nos preguntan cuántos libros te compraste de la colección, responderemos, “toditos”-. Esta respuesta asegura que no queda la menor duda que son absolutamente todos.

Así podemos encontrar otras aplicaciones comunes como: – “aladito”-, cuando un lugar es bastante cercano a otro que nos sirve de referencia. Por ejemplo: nos preguntan donde está el ministerio y respondemos: “aquisito nomás, aladito del banco”. Nótese la inclusión de la palabra “nomás” que para la mayoría significaría “basta”, para nosotros en cambio enfatiza la cercanía y lo fácil de la tarea a realizar.

Para finalizar podemos citar el clásico: “no sea malito”. No significa que el sujeto en cuestión sea malo. Esta expresión abre o cierra una oración, que generalmente se trata de un favor o petición, por ejemplo la madre que pide ayuda después de las compras a su hijo: “No seas malito, ayúdame con las fundas” o cuando nos ha tocado hacer un trámite en la burocracia estatal generalmente decimos: “solo su firma me falta, no sea malito”.

Seguirán leyendo el blog, no serán malitos.

P.D. “Seguirán Leyendo” es un ejemplo que abordaremos más lueguito.

                                                                                                                                                      el guillo