Jorga

Homenaje a Fidel

No logré amar a Cuba, en los tres años que pasé estudiando allí. Tanto es así que me iba para México cada vez que podía, y al final en Cuba habré pasado en total un año y medio. No la he amado porque no amo las islas, en general, y porque los cubanos me ponían histérica. Y es que era para sufrir: el embargo es una retahíla de cosas que no funcionan, que no se hallan, que no hay como resolver. Los embargos crean países extenuantes en los que la supervivencia depende de cómo te organices y donde tú, extranjero, siempre tienes la culpa: porque tienes más plata -eso creen ellos- y vienes de esa parte del mundo que quiere ver que Cuba caiga, y la isla te responde quitándote tus rasgos humanos y transformándote en una billetera que camina, caricaturizándote en el cliché del extranjero en Cuba que, casi siempre, no es una buena persona. Y por eso yo, cada vez que podía, tomaba mi Cubana de Aviación y en 50 minutos estaba en México, donde la gente era normal y no esperaba algo a cambio solo por responder a un “buenos días”. Y en donde, perdónenme, comía: una ensalada que no fuera de coles, una menestra que no fuera siempre y solo de arroz con frijoles, una fruta que no fuera la única que encuentras en Cuba de trimestre en trimestre. Una excepcional papa. Un helado que no hubiera sido congelado y descongelado veinte veces. En Cuba, a no ser que uno no quiera gastar mucho dinero -y aún así, no sé- aprendes lo que es la privación sensorial, luego de meses probando un solo sabor. En Cuba una vez casi me desmayé en un supermercado, luego de dos días transcurridos en la infructuosa búsqueda de un tomate. El cuerpo te pide algunas vitaminas o sustancias minerales y tú no se las puedes dar. Aterrizaba en México y, los dos primeros días, devoraba todo.
Y aún así, Cuba funcionaba. A su manera. Delante de cada facultad, en la Universidad, había una placa de agradecimiento a la tal o cual Comunidad Autónoma española que había financiado el sistema eléctrico. Dentro de la Facultad parecía la década de los 50 luego de un bombardeo: bancos, escritorios, pizzarrones, mesas chuecas, focos intermitentes, computadoras y teléfonos arcaicos, sillas metálicas incongruentes, todo en ruinas, todo cayéndose, y en medio de todo esto profesores estropeados, remendados, maltrechos, que no obstante daban lecciones en las que el tiempo volaba, que sabían lo que hacían, que eran excelentes. A veces más que excelentes. La absoluta incongruencia entre la desolación del lugar y la calidad de las palabras. Y la seriedad, la severidad, la rigurosidad detrás de todo ese abandono. La gente que he visto fracasar al examen de doctorado. La incongruencia que tú, extranjera, veías entre la presentación de todo y la altísima estima en la que ellos se tienen. Porque los cubanos tienen una inmensa autoestima. Los cubanos se sienten especiales, sobresalientes, una especie de raza elegida. Y no te esperas eso, en un país que se cae a pedazos. Y como te recalcan su presunción, su certeza de ser inmensamente majos, los estrangularías pero luego te toca admitir que algo de razón tienen. Los estrangularías por sus modales, pero luego debes aceptar que ésa es su fuerza. Sentirse mejores que todos y sin miedo a nadie.
Es difícil, para alguien como yo, llegar al aeropuerto prácticamente huyendo, con ansia del mundo normal al que abrazaría en una hora, soportar con odio las últimas vejaciones cubanas antes de subir al avión (una toalla higiénica diez dólares de los cuales ocho terminan en tu bolsillo, señora cubana que abusa de mi dificultad como extranjera) y luego, justo cuando el odio está por desbordar, ves las puertas de un avión angoleño que se abren y sus pasajeros que descienden: en silla de ruedas, en camilla, uno más malparado que el otro. Africanos que van a curarse en Cuba. Gente que nosotros, en Europa, dejamos morir con indiferencia o hasta satisfacción, y que la muy pobre Cuba en cambio acoge y cura. ¿Y tú qué haces? Miras, te das cuenta y ¿qué haces con tu odio? Te das cuenta de que eres una extranjera malcriada o, peor, que no eres nadie. Que la Historia, por esos lares, no eres tú, que no pasa por Europa. Eres solo público, si todo va bien, si no hasta lueguito. Cuba no te enfoca, te ignora.
Europa, de hecho, está lejísimos. Y es abombante escuchar a los europeos que hablan de Cuba y dicen siempre, puntualmente, todo lo contrario de lo que ves tú. Desde la política hacia abajo. Los primeros: “Es una dictadura, la gente quiere escapar, los homosexuales perseguidos, los disidentes”. En realidad, la imagen de la dictadura cubana que hay al extranjero es la de los primeros años 70, llamado “quinquenio gris” que la misma política ortodoxa de la Cuba de hoy define como “intento de implantar como doctrina oficial el Realismo socialista en su versión más hostil”. La definición es de EcuRed (la wikipedia cubana) pero yo misma he oído criticar y hasta ridiculizar esa época en las aulas universitarias de La Habana. Ya han pasado 35 años desde entonces, gente. Cuba ya no es eso. Los cubanos hacen lo que les da la gana. Y los extranjeros también.
Mi dueña de casa decía: “Hay tres cosas que no se puede hacer en Cuba: drogas, explotación de niños y, si eres extranjero, una descarada propaganda antiestatal. Por lo demás si quieres andar desnudo y de cabeza por la calle nadie te dice nada”. ¿Los disidentes? Los que tienen que ver con la Iglesia tendrán una dignidad, supongo, pero creo que todos sepan que las varias Damas en Blanco, por no decir nada de la Sánchez, cobran por cada manifestación que hacen (fue famosa una huelga que organizaron porque no les pagaban bien). No he conocido a nadie, literalmente a nadie, que hable de ellos con algo de respeto. Son gente pagada, punto, fin de la discusión. Luego, es verdad, la gente habla de política, imagina el futuro, expresa ideas. Hay quien ama (o amaba, por Dios…) a Fidel y quien lo detesta/detestaba. Y quien, la mayoría, tiene sentimientos ambiguos, entre admiración y rencor. Quien cambia de idea cada segundo. Porque, al final, los cubanos están orgullosos de sus conquistas. Están orgullosos de lo que han hecho. Y se estrechan entre ellos, están unidos, son isleños. Sí, son isleños. No entiendes Cuba si no aceptas esto: que son isleños, y para ellos el mundo es Cuba y todo lo demás existe si sirve, si no que naufrague. ¿Quieren escapar? En realidad quieren viajar. Precisamente porque son isleños. Hay mucho mundo que nunca han visto. Y además, claro, quieren plata. Quieren comprar cosas. Quieren ganar dinero, como todo el mundo. Pero luego quieren volver. Los cubanos se mueren de nostalgia, lejos de casa, de la familia, de su gente, de su arroz con frijoles. Unidos hasta la náusea, los cubanos. Y si se sienten amenazados, aún más. Algo de esto saben los EEUU, que endurecieron el embargo justo cuando se terminó la ayuda de la URSS y en Cuba se murieron, literalmente, de hambre. Buscaban una revuelta, los EEUU. Lo que encontraron fue un pueblo que se puso manos a la obra y salió con la frente en alto, como siempre. Inventándose cosas como el picadillo de soya, mazamorra repulsiva distribuida a la población como “proteinas para el pueblo“. Porque son prácticos. ¿El cuerpo necesita proteínas, vitaminas, carbohidratos? De alguna manera los absorbían. Y en los parques hay equipos para hacer ejercicios, como en un gimnasio. Y si no hay medicinas, usan plantas, la medicina natural. Siempre se las arreglan. Y se dan el lujo de exportar sus médicos a Venezuela, así como otros exportarían, yo qué se, cobre, a cambio de petróleo venezolano. Èsto, han hecho los cubanos, exportar médicos a cambio de petróleo. Porque esto es lo que tienen: su formidable, aunque tan odiosa, gente. Parece algo retórico, lo sé. Odio escribir esto, odio decirlo. Pero es verdad. Es increíble pero es cierto. Y como, además, estos médicos, estos profesionales cubanos logren ser excelentes no obstante la escasez de todo tipo (traten ustedes de llevar a cabo buena investigación científica, en un país con internet a pedales), yo no lo sé y no lo entiendo. Pero lo hacen.
Y los homosexuales, en Cuba festejan el Pride, imagínense. Ya se terminaron los 70, filmaron “Fresa y chocolate” con fondos estatales, démonos cuenta. Pero, más que nada, recuerdo una publicidad estatal de servicio público, unos afiches en las farmacias que me impresionaron. Era sobre la prevención del SIDA y era la foto de dos gays que se besaban. Pero al contrario de Europa, en donde los gays hubieran sido jóvenes y guapos, en la foto cubana había dos señores maduros, feítos, normales. Dos personas comunes y corrientes, de las que puedes encontrar en tu condominio. Ni jóvenes, ni bellos, ni flacos, ni nada. Dos señores que se besaban y una sobria invitación al amor que no excluía la prevención. Ponderada, respetuosa, bella. Me pareció un ejemplo a seguir. Por otra parte, Cuba es poco estucada. No tiene ni publicidad. Solo publicidad de servicio público y grandes letreros de motivación por todos lados. Es lo bueno cuando hay poco para comprar, que nadie trata de convencerte.
Igual de abombantes son los argumentos de los extranjeros que festejan al cubano como a un pueblo de bailarines felices, siempre contentos y simpáticos, ah, ¡qué simpáticos! ¿Buen humor? Gente desesperante como la de La Habana hay poca. Y, cuando entienden que no te los quieres follar, que no les vas a invitar a beber, que no te sacarán un centavo, te vuelves transparente y a tu alrededor aparece la realidad: gente cansada, cabreadísima, arrogante o simplemente, con sus asuntos por resolver, como es normal. No, no son conversones, puedes pasar una hora en un taxi colectivo repleto sin que nadie converse con nadie. Puedes ir mil veces al mismo bar sin intercambiar una palabra con el barman. Recibir un gesto gentil gratis es muy raro, peor una sonrisa desinteresada. Si estás en problemas llegan los coyotes. Y la gente, mientras más joven, menos es de confiar. Y esto, esto es importante, la diferencia entre viejos y jóvenes en Cuba. Con la crisis de los noventa, el sistema educativo cubano colapsó, como muchas otras cosas. Con la mayoría de los maestros exportados por el mundo, les tocó a los chicos grandes dar clases a los pequeños, por ejemplo, y toda la institución se deterioró. Por esto y por otros motivos, se nota la diferencia cultural entre los cubanos de una cierta edad y los más jóvenes. Los jóvenes valen menos que sus padres. Y éste será un problema en perspectiva. Luego es verdad, que la gente que no es de La Habana (o de Varadero, que son otros) es mejor. Mucho mejor. Pero los cubanos son, como decía, isleños. Tercos, orgullosos, lo que quieras, pero no amigables. De ninguna puta manera. Si son amigables, es más, hay que preocuparse. Tendrán sus motivos, y son motivos que no te convienen. ¿Exagero? Un poco. La síntesis crea estereotipos, es obvio. Y ya que no hay como evitar los estereotipos, mejor el de desesperantes que el de felices bailarines. Obviamente sin negar que bailan espléndidamente.
Y volvemos al mismo punto: por un lado los detestaba -llegó un momento en que los detestaba a todos sin excepción- por el otro me di cuenta rápidamente de que en el resto de América Latina, podía usar mi estatus de residente en Cuba como una honorificencia, algo que me dintinguía positivamente de la masa europea. Sobre todo en Nicaragua. En Nicaragua, cuando la gente se entera de que vives en Cuba se emociona. Falta solo que te abracen. Porque, de una u otra manera, todos le deben algo a los cubanos. “Yo me gradué en Cuba, ¡gratis!”, “a mi papá le salvó un médico cubano!”. Un gentío. Nicaragua está llena de gente a la que de joven le han dado una beca en Cuba para estudiar, que ha recibido alojamiento y comida gratis por años, que tiene una deuda de por vida con la isla. Y si vives en Cuba, parece que la deuda la tienen contigo. Te tratan bien. Te respetan. Los cubanos son muy respetados en América Latina. Se lo han ganado. Y al final es ésto, los respetas. Yo los respeto. No los amo pero los respeto. Y cuando has visto toda Centroamérica y ya no puedes más de niños harapientos, niños que en Chiapas van a trabajar con azadones más altos que ellos, niños que se acercan al Ticabus en cada parada de la Panamericana con trapos y lo lavan a cambio de una limosna, terminas con que no puedes esperar para volver a Cuba, y ver al fin niños normales (la normalidad es un concepto débil), con su uniforme lavado y planchado, peinados con la raya a un lado o con las trencitas y que van todos A LA ESCUELA. O a jugar. Y que no trabajan. Nunca. Vuelves a Cuba llena de respeto. Se lo dices al taxista que te lleva a La Habana y él se pone contento, y añade: “Verdad, nos quejamos y nos olvidamos de lo bueno, pero es cierto. Hasta nuestras personas con discapacidad, no hay ni comparación. ¿Y la delincuencia? ¿Y el narcotráfico? Tenemos suerte”. Sí, ellos tienen suerte. Porque es cuestión de perspectiva: si naces pobre, enfermo, desafortunado, es mejor si naces en Cuba. Mucho mejor. Fuera de allí mueres, y mueres muy mal. A un pobre no le conviene ser guatemalteco, haitiano, dominicano, etc. Mejor que sea cubano, créanme.
¿Qué se puede decir de Fidel en el día de su muerte? Probablemente esto, que ha dado un sentido al esquivo concepto de “cubanidad”. Concepto que los cubanos perseguían ya un siglo antes de que él llegara. Que tomó un pueblo que inició a luchar por su independencia cien años antes -primero contra los españoles e inmediatamente después, como una grotesca burla, contra los EEUU que llegaron después de España- y lo volvió, por primera vez en su historia, independiente. Hablemos de esto, de lo que es la “cubanidad”. Los cubanos son hijos de dos pueblos desarraigados, españoles y africanos, venidos a una isla donde los indígenas habían desaparecido pronto y sin dejar rastro. Son el resultado del encuentro/desencuentro y luego la mezcla entre europeos que querían hacer dinero y de africanos esclavizados. Un barullo de historias y culturas diferentes, de raíces arrancadas, de blancos y negros, esclavistas y esclavos, violadores y violados, si todas estas historias y culturas no se hubiesen mezclado, si todos no hubiesen dormido con todos, si el inmenso mestizaje que resultó no se hubiera unido, en algún momento, en nombre de la independencia. Cuba es joven. Decía uno de sus grandes intelectuales, Fernando Ortiz: “Toda la escala cultural que Europa experimentó en más de cuatro milenios, en Cuba se pasó en menos de cuatro siglos”. Cuba no tiene historia que no sea de ayer, no tiene espiritualidad como la conocen los pueblos antiguos, no tiene religión sino un remolino de ritos mezclados, no tiene un color, un rostro, una identidad que no sea la de ser cubanos. Lo que sea que signifique eso. Y decía siempre Ortiz: “La cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano, son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. Es cubano quien ha querido construir Cuba. Y Cuba, por lo tanto, comenzó a nacer en 1868, cuando blancos y negros juntos comenzaron a luchar contra España. Juntos, esto es lo importante. Esa es la línea divisoria. Y combatieron por 30 años, hasta 1898. Cuando llegaron los EEUU que hasta entonces presenciaron todo esperando que ganara España, y arrebataron la victoria a los cubanos. Declararon guerra a una España debilitada, la derrotaron y se adueñaron de Cuba. Los cubanos, por lo tanto, en vez de obtener una victoria fueron testigos de un cambio de mando. Y encima les pusieron en su constitución la Enmienda Platt y llegó un nuevo amo a quien obedecer.
Pero los cubanos son tercos, como decía. Por los cincuenta años sucesivos se la pasaron estudiando, protestando, combatiendo -la revolución fracasada de 1930- y siguieron así, entre dos dictaduras y mil gobiernos marioneta, mientras su economía dependía de los EEUU, mientras hasta el racismo se volvía igual al de los EEUU, con un apartheid que ni a los españoles se les ocurrió implantar, mientras en la isla se propagaba el gansterismo y la corrupción y las cárceles estaban llenas de opositores políticos -entonces, no hoy-. Y luego llegó Fidel, cuya historia es tan demencial que parecería inventada, si no fuera porque en cambio es real y documentable. A menudo citan “la historia me absolverá”, la mayoría de veces sin haberlo leído. Es el alegato con el cual él, mucho antes de la Revolución, explicó a los jueces que lo iban a condenar las razones del asalto al cuartel Moncada, hecho por él, su hermano menor Raúl y un puñado de estudiantes muchachos y muchachas, que terminó en fracaso. Es la fotografía de Cuba bajo Batista y los EEUU. Es una declaración de objetivos -o, en ese entonces, de sueños- y es, sobre todo, el autorretrato de un gigante. Es muy difícil leerlo, saber que a aquel hombre lo iban a reducir a prisión y no sentir un enorme respeto por él. Luego llegaron la salida de la cárcel, el exilio en México, la adquisición de un bote (el Granma) con el cual zarpar, llenándolo hasta lo indecible, hacia el asalto a Cuba, el desembarque (el Che diría que “fue más bien un naufragio”), la policía de Batista que extermina a los náufragos, Fidel que al final se queda con -no sé, voy de memoria- menos de 20 sobrevivientes y dice: “Lo logramos, seguro vamos a vencer”. Y vence, en serio. Y, por primera vez en su historia, Cuba se vuelve un estado soberano. Ésta es la cuestión.
Y vence de nuevo, y de nuevo, y otra vez. Contra los EEUU. Dejándoles siempre, incesantemente, en ridículo. ¿Los EEUU proyectaban propaganda anticastrista sobre su embajada en La Habana? Castro rodea el edificio de banderas más altas, una por cada país que en la ONU era contrario al embargo, y así lo empaqueta volviéndolo prácticamente invisible. ¿Los EEUU envían naves a Mariel a recoger disidentes en fuga para mostrarlos a todo el mundo? Fidel ordena vaciar las cárceles y los manicomios de Cuba y envía a sus internos, llenando los EEUU de enfermos mentales y delincuentes comunes cubanos. La lista es infinita, la historia humana de Fidel también. Las relaciones entre Cuba y EEUU, pensándolo bien, son extrañas. Muy pero muy extrañas.
EEUU y Cuba se aman y se odian, parecen parientes. Los primeros siempre han querido poner sus manos sobre los segundos, primero tratando de comprarle Cuba a España, luego con las malas. Los segundos siempre han soportado la enorme sombra y las miras expansionistas del vecino, y han hecho lo que humanamente un pueblo puede para hacerse respetar. Cuba nunca quiso terminar como Puerto Rico, eso es todo. Nunca quiso ser una colonia. Pero en fin de cuentas, su historia ha sido muy influenciada, demasiado, por los EEUU. Quien sabe si hubieran pedido ayuda a la URSS, volviéndose soviéticos, si no hubiesen tenido que defenderse de los EEUU. Quien sabe si hubieran necesitado un partido único por 50 años si no hubiesen tenido que unirse contra un enemigo tan potente. ¿Y cómo sería, hoy, Cuba, si no estuviera saliendo de 60 años de embargo? Si ha logrado dar alimentación, salud y educación a todos sus ciudadanos A PESAR del embargo. ¿Qué habría hecho sin el empobrecimiento al que la han condenado? ¿Ustedes lo saben? Yo no, francamente. Lo que sé, es que el embargo los ha unido aún más. Y, conociéndolos, no es difícil de entender.
Pero he visto un montón de ciudadanos de EEUU, en Cuba, y mucho antes de que Obama abriera el país. Con el sombrero en la mano y llenos de admiración. Que llegan para cursar estudios en la universidad, o solos, pasando por México para que sus autoridades no los descubran. Porque los estadounidenses no podían ir a Cuba por orden de los mismos EEUU, pero el estado cubano siempre les ha permitido ingresar, haciendo lo mismo que Israel hace con quien no desea el timbre de ingreso en su pasaporte, te lo dan en un papel. Y he visto un montón de cubanos que querían irse, a EEUU, para hacer dinero, ver abundancia, visitar a la familia. Están tan cerca, a vuelo de pájaro, que parece increíble.
En fin de cuentas, -y aquí termino esta reflexión que era muy necesaria para mí- de Cuba lo que he entendido es esto: que la debes respetar, o si no te agarran a patadas. Si vas a contrapelo con ellos, te van a dar lo peor. Y es que este orgullo infinito, terco, rudo, es una parte del sentimiento de la isla y Fidel ha logrado compactarlo, darle rienda suelta y al mismo tiempo una dirección. Él tomó un pueblo obligado a pasar de una bandera a otra y lo ha transformado en algo nuevo. El pueblo que ha vencido, que se ha ganado su independencia y la ha defendido, que ha obtenido las únicas, grandes, conquistas sociales en América Latina, el que más ha luchado contra el racismo, que ha hecho soñar a medio planeta, que no se sabe cómo hayan hecho, pero que de alguna manera lo han logrado. Ha transformado una colonia en un estado. Muy, muy orgulloso. ¿Ha habido errores? Claro. ¿Podía haberlo hecho mejor? Sí, pero la alternativa era ser como Puerto Rico o peor. Y han luchado tanto, y por mucho tiempo, para aceptar volverse como Puerto Rico. Son orgullosos, no hay nada que hacer.
Aunque pueda parecer paradójico, yo no pensaba que Fidel pudiese morir. Pensaba que me enterraría a mí también. Me provoca una sensación tan extraña su muerte, y siendo yo una mujer del siglo XX creo que ahora sí, ya no quedan más gigantes en el mundo. Ahora, los cubanos de hoy, ¿estarán a la altura de la historia increíble que les deja Fidel? Creo que él ha tratado, lográndolo a menudo, de sacar a relucir lo mejor de su pueblo. De darle disciplina, seriedad, educación y cultura. De hacer de este pueblo caribeño el pueblo serio por excelencia de toda la región. Operación nada fácil, hay que reconocerlo.
Deja un pueblo pobre pero mimado, no obstante las drásticas medidas económicas de los 90. Que no paga facturas, que tiene la supervivencia asegurada, que se cree la divina garza. Y que está humana y culturalmente en decadencia desde hace tiempo. Donde las diferencias raciales, desde los años 90, se han acentuado. Desde que las remesas del extranjero se han vuelto vitales, y se da el caso que la mayoría de los migrantes sean blancos y hayan, por lo tanto, enviado dinero a las familias blancas, volviéndolas a ellas, y solo a ellas, capaces de invertir en microempresa. Un pueblo que tiene más expectativas que ganas de trabajar y al cual el turismo -sobre todo italiano, hay que admitirlo con deshonor- le ha hecho muy mal.
No sé lo que vaya a pasar con Cuba, si sus “defectos” la ayudarán una vez más o si, sin el carisma de su Padre de la Patria, se volverá el paisito cualquiera que muchos esperan ver. Temo a la generación de los noventas. Si Cuba se arruina, será su culpa. Pero si esto pasara, sería una gran pérdida para el mundo entero. Son pesados, piensan solo en sus cosas, te venderían al matadero si pudieran -y lo hacen cuando pueden- y sin embargo, con tal de ser chulos, han dado mucho. Por cada italiana que no los aguanta hay cien ciudadanos de los países pobres que les deben algo. Desde hace sesenta años han vuelto el planeta más variado y más verdadero.
Creo que se sientan muy mal hoy, los cubanos. Y que tengan motivos válidos.
Toca en cambio envidiarle un poco al Todopoderoso, si existe, ya que al fin se lo va a encontrar por allá, al famoso Fidel, para charlar. Le ha hecho esperar, definitivamente. Y prefiero imaginar que, de los dos, el más curioso será el Todopoderoso.

Fiestas de Quito

Un pensamiento de hace dos años, que ahí mismito sigue, inmutado.

Yo a Quito sí la festejo, todos los años aunque esté lejos. La llamo Quito, porque así se llama hoy. No la llamo española, porque ese es un trauma que sufrió de joven cuando fue agredida y que aún debe superar. Sé que la fecha no es la más indicada pero por ahora no hay otra, así que hasta que no la cambien, me la tengo.

Quito, aunque esté llena de contradicciones, llena de pendejadas, de injusticias y de tales, tiene también su nota, su arte, su ñeque y su rebeldía. Las virtudes de Quito no son oficiales, por eso nada de toros o reinitas, las virtudes de Quito son oficiosas, usted sabe por qué y allá donde usted sabe.

El hecho es que siempre hay un motivo para amarla, y esos motivos no están escritos en las pancartas ni en los discursos oficiales del pseudo chapetón de turno, están en las señoras con el canasto, en [email protected] guambras y en [email protected] guaguas, en los mercados, en su rock, en su rockola, en sus movimientos, no telúricos, sino sociales y culturales.

Amo Quito, tierra de [email protected] [email protected]

El pesebre nacido por un error de traducción

Traducción del artículo de Eleonora Cadelli, publicado el 29 de noviembre de 2016.

Hay quienes esperan la Navidad todo el año y quienes se
esconderían en una isla desierta hasta la Epifanía; lo que es
cierto es que solo pocos logran esquivar sus ritos, los regalos bajo
el árbol, las reuniones con los parientes y las interminables
conversaciones de rigor. A este respecto, queremos dar un pequeño
consejo a los traductores, sugiriendo un tema perfecto para cambiar
de ruta cuando las pláticas entren en terrenos espinados. ¿Por qué
no sacar a relucir un error de traducción sobre el pesebre, corazón
de la Navidad?

Tal vez no todos sepan que… el primer pesebre fue construido en
1223 por San Francisco en la ermita de Greccio (provincia italiana de
Rieti), para ver “con los ojos del cuerpo” al Niño recién
nacido posado en un pesebre, entre el buey y el asno. ¿Pero de dónde
obtuvo el santo la información para escenificar su representación?
El pesebre, simplemente, está presente en el Evangelio de San Lucas;
pero de los dos animales y de su cálido aliento no hay rastro en los
textos canónicos. Sin embargo su presencia (como también la de la
gruta) está señalada en el evangelio apócrifo de Mateo… o más
bien, ¡en su errada traducción del griego al latín! En el texto
original de la Biblia Septuaginta, de hecho, Ababuc profetizó que el Mesías iba a nacer “en meso duo zoon”, o sea, “en medio de dos
edades”
(tal vez para indicar que su nacimiento sería el confín
entre dos eras), pero el traductor latino confundió el genitivo
plural de zoè (edad) con el de zoon (animal), volviéndolo así “in
medio duorum animalium”
.

Este error, en vez de dejar perplejos a los feligreses,
desencadenó la fantasía popular, yendo a sumarse a la otra profecía
citada en el evangelio apócrifo. Así se cumplió lo que había
anunciado el profeta Isaías, quien había dicho: “El buey ha
reconocido a su dueño y el asno a la cuna de su patrón”. Solo que a
esta profecía la citan inapropiadamente, ya que en realidad Isaías
se quejaba de Israel, considerándola incapaz de reconocer a su
proprio Dios, a diferencia de los animales que sí saben reconocer a
sus propios dueños. Pero igual.

Fue así que los “duorum animalium” se volvieron
automáticamente el buey y el asno y entraron en la tradición de la
Navidad, hasta el punto que inclusive los teólogos contemporáneos
(como el Papa emérito Ratzinger), si bien admitan el error, no
tengan la menor intención de quitarlos de nuestros pesebres, y es
más, justifiquen su presencia, encontrando en ella significados
simbólicos profundamente religiosos.

En breve, esta hermosa historia navideña demuestra que un banal
error de traducción puede influenciar no solo a los fieles sino
también a una entera tradición artística, la devoción popular
de siglos y… ¡hasta la teología oficial!

La enfermedad y el permiso de estadía

Relato de hace algunos años. Una enfermedad repentina con el permiso de estadía vencido por unos días, bastó para que el derecho a la salud se esfumara.

Los años pasan y dejan su huella sobre nuestra salud como un 4×4 sobre un sendero fangoso. Hoy soy pesimista y tengo
un buen motivo. Llevo tres noches sin dormir por culpa de mi
sinusitis invernal. Me despierto de madrugada porque no estoy
respirando. Y no sólo eso, mi nariz se ha vuelto más ruidosa que
una tetera en ebullición.

Contándolo así parecería un problemita sin importancia. Ve al
doctor para que te dé algo, me dirán ustedes. De hecho fui al
consultorio de mi doctora y a la secretaria le expliqué que soy el
tipo con la sinusitis y el asma, el que necesita el aerosol y las
pastillitas, que no necesito una cita, la doctora sabe quien soy y me
manda la receta directamente a la farmacia de abajo, donde iré luego
a recoger mis medicinas apenas pueda. La señorita, educada y muy
gentil, toma nota y me dice que pase por la farmacia en la tarde,
luego de las cinco. Parece todo hecho pero no, aquel día no logro
pasar, me resigno a transcurrir otra noche insomne y me consolo
pensando que al día siguiente todo terminará y podré dormir en
paz.

El día después me atraso, sólo en la tarde alcanzo a pasar y a
pedir mi bendita receta. La señora farmacéutica me pide que espere
mientras busca mi nombre entre la montaña de hojitas coloradas que
asoman desde el cajón atrás del mostrador. Después de un minuto se
da la vuelta con aire de contrición. No está mi nombre. ¿Cómo es
posible? Trato de explicarle todo de nuevo pero la señora me detiene
con un gesto de la mano y me pregunta con un poco de vergüenza
¿todo bien con su permiso de estadía? Me quedo estupefacto. ¿Qué
pregunta es esa? De golpe lo entiendo todo y me dan ganas de tirarme
el cabello.

El permiso de estadía está
bien, lo estoy renovando, en pocos días me darán uno nuevo. El
problema es que mi tarjeta sanitaria se ha vencido con el permiso de
estadía viejo y no puedo obtener mis medicinas hasta que no saque
una nueva tarjeta en el registro sanitario. Pero para hacer esto
necesito el permiso de estadía nuevo… que recibiré en algunos
días. Mientras tanto no duermo por culpa de mi sinusitis invernal.

Desesperado vuelvo a casa y
llamo al consultorio de mi doctora. Ahora no está, me responden, hay
que llamarla al otro consultorio. Pregunto el número y con la mano
temblante llamo. No puede responder ahora, llame en un cuarto de
hora. Llamo de nuevo y nada, la doctora no puede responder. Tenga
paciencia, me dice la señora al otro lado del teléfono, llame más lueguito, ¿ya?

Mientras tanto he escrito
todo esto, comienzo a pensar que no voy a dormir por lo menos hasta
el viernes, o si no voy sin tarjeta sanitaria a las emergencias en el
hospital. Me rompo un dedo, me hago curar y mientras voy saliendo
pregunto como si nada. ¿Por si acaso tienen algo para la
sinusitis y el asma? Ya que estamos aquí.

Esperemos que no me toque
hacerlo, veamos qué pasa. Llamo a mi doctora otra vez. Responde.
¡Viva! Buenas tardes. Comienzo a explicarle todo desde el principio,
ella también me detiene. Claro que me acuerdo pero lo siento, no
puedo darte nada con la tarjeta vencida. Trato de argumentar, la saco
rapidito, no es mi culpa, no puedo dormir. Nada que hacer, no se
puede. Lo siento, debes comprarte la medicina. ¿Comprar? Entonces no
importa, le digo, bien feliz. Perdóneme doctora, soy un tonto, no sé
por qué creía que no pudiesen darme la medicina sin su receta, no
importa, me la compro, no hay problema.

Voy corriendo a la farmacia,
entro y pido mi medicina mostrando el viejo tubito vacío. La
farmaceútica no es la misma de antes. ¿Se la paga usted mismo? ¿No se la cubre el seguro social? Pregunta ella como diciendo, ¿estás
seguro? Claro, claro, le digo inflándome como un gallo de granja.
Faltaba más, pienso, de vez en cuando me la puedo pagar yo, mi
medicina, si no para qué trabajo. Son 53 euros por favor. Me quedo
petrificado y no logro decir nada mientras la mano paga, ignorando
olímpicamente la débil voluntad del cerebro que desearía irse
tirando la puerta. Luego recuerdo que sin este tubito no duermo, me
siento débil y frágil, tomo el vuelto y salgo agradeciendo.

Me encuentro en la acera con
la medicina en el bolsillo y 53 euros menos en la billetera. Trato de
consolarme diciendo «está bien, de vez en cuando hay que pagarse las
medicinas del bolsillo de uno». Pero luego me acuerdo de los
impuestos, de las multas, de la cuota estatal obligatoria por la TV,
del seguro del auto, del comedor escolar de los hijos, de las
cuentas, de la pensión complementaria que no puedo pagarme para
tener una jubilación decente, del trabajo interinal, de los
doscientos euros que me cuesta el permiso de estadía, del
sindicalista que si no compras el carnet de su sindicato no te
recibe, del registro sanitario.

Recuerdo todas estas cosas
hermosas de la vida cotidiana y pienso que he hecho todo, he pagado
todo, he respetado los plazos sin chistar. Si pudiera hasta iría a
votar.

Por lo general no aprecio los
discursos de la gente que se queja. Pero esta vez es demasiado. En
serio amigos, no. No me merecía esto, la medicina del seguro social
era mi derecho como lo es para todos, no estaba de ilegal, estaba renovando el permiso. Puedo desahogarme sólo
escribiendo. La próxima vez trataré de no enfermarme cuando se vaya
a vencer el permiso de estadía.

Darío Fo, actor-máscara del siglo torcido

Conocí a Darío Fo por primera vez
hace 16 años.

Estábamos en el teatro Franco Parenti. Yo daba una función y él vino a verla. Era joven y no creía que un señor y escritor e intelectual tan importante pudiese salir de su casa para ir a ver a un muchachito que iba a Milán por un solo día, un lunes, para presentar una de sus primeras obras. Y en cambio ahí estaba. Él y su compañera. La que ha estado junto a él por un tramo largo e importante de su vida.

Luego lo he visto otras veces. En el teatro, pero también en su casa.
“¡La máscara es importantísima, pero si la dejas demasiado sobre el rostro, cuando te la quitas acabas quitándote el rostro también!”, me dice sentado en un sofá en el primero o segundo o tercer piso (no me acuerdo) en Porta Romana durante una tarde, algunos años después. Y luego ha continuado con muchas otras historias. Me las ha cantado. Yo no lo creía porque fue él mismo el que me dijo que el artista estudia, pero luego también inventa. Y por eso las cosas que me ha contado no sé si son más bellas porque las ha salvado del olvido o porque se las ha inventado él. Cantos y cuentos medio inventados salvados del naufragio. Y cada vez que leo y escucho una vez más sus descripciones del actor que usa la máscara en la mentada comedia del arte me acuerdo que él también es un actor, que él también tiene una máscara sobre el rostro y trata de quitársela sin quitarse el rostro.
Me dice que “el estudioso ruso Georgij Valentinovič Plechanov ha descubierto por ejemplo que el movimiento de los barqueros, que reman en la laguna de Venecia empujándose con un palo, produce un canto septenario que es funcional a dar el tiempo a los compañeros de trabajo. O sea que el canto popular nació para acompañar y coordinar las actividades humanas necesarias al trabajo colectivo, porque en el baile, la actuación y el canto, los hombres primitivos representaban con el gesto estilizado el gesto de su trabajo”.
Y mientras me cuenta del estudioso ruso revolucionario mueve los brazos como un barquero, alza y baja la voz, se pone de pie e interpreta al gondolero. “También los cantos de los remeros en Sicilia, por ejemplo, tienen una métrica funcional al trabajo, en este caso cambia el modo de remar con respecto a los venecianos. Los sicilianos usan barcas altas porque se encuentran en el mar y no sobre el agua calma de la laguna, y por lo tanto deben atravesar el viento y las olas”, y esboza un hipotético canto de barquero siciliano.
Franca se asoma de vez cuando. Lo acompaña con la voz, “¿todo bien?”, dice. Una chica joven le trae algo de beber. No recuerdo si era té o café. Alguien que entra en casa lo llama maestro, pero él asiente sin pensarlo muy seriamente. Darío Fo charla, junta todas las palabras, las mezcla, parece que no salen de su boca, sino del torcido siglo veinte que hemos abandonado hace poco. El siglo veinte que un poeta llamó “plano-secuencia infinito”, el lugar en el cual sucede la rápida síntesis que transforma a un ser viviente en un recuerdo.
Y yo lo recuerdo así, Darío Fo, una voz que mezcla el rostro y la máscara. “Si la dejas demasiado sobre el rostro, ¡cuando te la quitas acabas quitándote el rostro!”, decía, pero nunca se quitó la máscara. O nunca se la puso. Y tal vez sea ésto la Antiparadoja del actor, título que quería dar a su Manual mínimo del actor, para entablar una “polémica abierta con Diderot”, pero “amigos muy afectuosos me hicieron notar que nadie se iba a dar cuenta de la polémica”. Darío Fo fue un actor del siglo veinte. Llevó una máscara que reproducía perfectamente su rostro. Una máscara para decir que las máscaras no existen. Sobre su plano-secuencia infinito puso una anti-máscara extraordinaria. Lo hizo para no quitarse el rostro de ese gran cuerpo en donde los ojos se mueven de derecha a izquierda, en donde la boca habla.

Colombia y la victoria del NO, cada voto cuenta

Se puede opinar lo que se desee luego
de una votación, el resultado es inapelable. O por lo menos lo
debería ser si confiamos aún en la democracia como método que un
pueblo se da para decidir. Cierto que como método es imperfecto
porque no garantiza que se tomen las decisiones más acertadas, pero también es verdad que, por ahora, no conocemos
métodos mejores.
Muchos han expresado su contrariedad
por el voto del pueblo colombiano en las urnas, que con
la victoria del NO anula de hecho las negociaciones entre el gobierno y las FARC. Los votantes han evidenciado claramente que no
están de acuerdo con algunos puntos del acuerdo y no, como algunos
sostienen, que están “en contra de la paz”.
De todos modos vale la pena recordar
algunos números, para tener en cuenta cómo funciona el método
democrático y por qué es importante la participación de todos. El
resultado oficial es 50,2% por el NO contra 49,7% por el SÍ, pero
estos resultados son la suma de los votos efectivos. En números
redondos, el NO ha obtenido 6’400.000 votos y los votantes fueron
12’700.000, pero los llamados a las urnas eran 35’000.000. O sea que una decisión trascendental ha sido tomada con,
aproximadamente, el 18,2% del padrón electoral.
Esto no significa que el resultado no
sea válido, lo es y cambiará la historia colombiana. Al mismo
tiempo es importante reflexionar sobre la participación. Dado que la
victoria del SÍ fue presentada como inevitable, al parecer ésto
provocó un activismo mayor entre los partidarios del NO y una mayor
presencia electoral de ese bloque. Tal vez eran menos, pero fueron a
votar todos y así ganaron.
Es éste el mecanismo fundamental, más
que el número lo que cuenta es la participación.

El SÍ perdió por
60.000 votos, una gota de agua en el océano, suficiente sin embargo
para cambiar la inclinación de la balanza. No hay que culpar al
pueblo colombiano que ha votado, los partidarios del NO ejercieron su
derecho. Más bien cada
partidario del SÍ que no fue a votar por cansancio o porque creía
tener el resultado en el bolsillo tiene una gran responsabilidad. Cada voto cuenta y este plebiscito es la prueba, la
historia siempre enseña.

Martín y Liliana, un equipo ganador

Todo pasó rápidamente, al grupo whatsapp de algunos ecuatorianos residentes en Florencia llegó un mensaje bastante extraño que desató alboroto. «Nos han contactado desde el Ministerio del Deporte y piden si alguien puede ir a recibirle al atleta que va a representar al Ecuador en las olimpiadas para personas con síndrome de Down. ¿Quién puede?». La primera respuesta fueron muchas preguntas en pocos segundos, ¿cómo así? ¿cuándo? ¿quién es? Seguidas de propuestas y exclamaciones ¡qué lindo! yo puedo, yo también, llevemos carteles, banderitas también.

Gracias a un video de El Comercio supimos que el atleta se llamaba Martín Terán. Por lo demás, la única información era que debía llegar el viernes 15 de julio a las cinco de la tarde. Fue así que una comitiva de voluntarios se preparó y se dirigió al aeropuerto de Perétola para recibir a Martín y a Liliana, su mamá. Una vez allí, cuando los viajeros ingresaron a la sala de espera comenzaron las barras y los aplausos entre mucha alegría y algo de nerviosismo de parte y parte. Martín estaba feliz y también Liliana, aunque agradablemente sorprendida por el inesperado recibimiento. El encuentro duró pocos minutos ya que los viajeros debían marcharse en el auto de los organizadores.

La cita era para el día siguiente, en el desfile que recorrería algunas calles del centro histórico florentino para inaugurar el evento. Luego del encuentro en el aeropuerto comenzó de nuevo la organización, la preocupación general era que los recién llegados no se sintieran abandonados. Mañana no puedo ir, yo sí, yo también, quien pueda mañana que vaya al desfile.

Al día siguiente las numerosas delegaciones recorrieron la ciudad, llevando con orgullo la bandera de cada país. En la delegación ecuatoriana no desfilaron únicamente Liliana y Martín, ya que junto a ellos se encontraban algunas voluntarias que lograron acudir. Al final, durante el discurso del alcalde, Martín llevó con entusiasmo el tricolor ecuatoriano en medio de otras cincuenta banderas de todo el mundo. El domingo inició el certamen y los mensajes en whatsapp fluían. Por fortuna sí hubo un buen grupo de gente que podía acompañar a Martín en su debut en la piscina Cóstoli, y menos mal, ya que casi todos los atletas tenían una nutrida barra de seguidores en el graderío.

El martes Liliana aceptó una entrevista para este blog y fue así que nos encontramos en la recepción de su hotel a las 21h00. El calor del verano mediterráneo es sofocante, por esta razón es usual que la gente salga en horas de la noche. Les invité a dar un paseo por los puentes sobre el río Arno, la intención era tomar un helado pero las largas filas nos obligaron a desistir; luego pasamos por una “hueca” para comer pizza y al final nos sentamos sobre las gradas de la catedral en la plaza de Santo Spirito, en medio de la algarabía provocada por las conversaciones de la muchedumbre.

«Muy linda Florencia», comenta Liliana, «me gusta la informalidad de la gente, y la ciudad es hermosa, llena de cultura». Le pregunto a Martín qué opina y responde sin tapujos, «¡me gusta la Ferrari!». Su madre sonriendo cambia de tema, «viajar con él es como viajar con cuatro personas, requiere mucha atención». Le pido que me cuente algo de la trayectoria de Martín, «desde pequeño ha tenido mucho talento para la natación, poco a poco hemos visto que podía desarrolar esto y lo hemos apoyado». Sobre la situación de los atletas con síndrome de Down en Ecuador dice, «no hay muchos espacios, imagínate que deben competir con atletas con discapacidad intelectual pero no física, por eso pierden siempre y así nadie tiene ganas de continuar, y esto pasa no sólo en la natación».

Liliana ha dedicado su vida a este tema, es Magister en Educación Especial y realiza consultorías. «Mi objetivo es conseguir un espacio no sólo para Martín, sino para todos los atletas con síndrome de Down en el Ecuador, hace falta más apoyo. Hasta conseguir piscina para entrenar fue difícil, porque en las piscinas para gente “normal” tenían recelo. Hay que superar muchos prejuicios». Le pido que me cuente cómo fue que lograron participar a los Trisome Games. «Parecía imposible, pero cuando tengo una meta no me rindo, logré hablar con el Presidente Correa en un cambio de la guardia de Carondelet, llevé la carta de invitación, las medallas que Martín ganó en Colombia y ahí junto a mi hijo le pedí que nos apoye. El Presidente le llamó a un funcionario y le ordenó que ayude en todo lo posible a Martín. A veces cuando hablo de esto aún me parece imposible, pero aquí estamos».

La participación en los juegos de Florencia ha sido una gran experiencia para los dos. «Hemos visto y hemos aprendido mucho. Hay atletas de países como Australia, Canadá e Italia que tienen un nivel envidiable, una gran preparación». Intervengo diciendo que se nota muy bien cuando en un país hay apoyo y recursos. Sobre eso Liliana no tiene dudas, «eso mismo es lo que hay que conseguir en el Ecuador, el apoyo de las instituciones sobre todo públicas, que se den cuenta del potencial que tienen estos chicos. Espero que el viaje de Martín sea sólo el primer paso».

Sin saber nada de competiciones de natación le pregunto sobre los resultados. Ella es muy clara cuando afirma «en sudamérica hemos obtenido buenos resultados pero aquí hemos visto que aún hay que mejorar muchísimo. Aquí Martín está más o menos en la mitad de la clasificación general. Pero cuando se trata de personas con síndrome de Down se necesita cambiar de perspectiva, para ellos cualquier cosa que hagan es un triunfo. Por eso te dan tanto, porque la vida misma para ellos es un triunfo». Atesorando este hermoso pensamiento me despido de ellos y los acompaño nuevamente al hotel, sabiendo que por desgracia va a ser difícil que pueda ir a ver la competición del día siguiente, la última.

Dos días después llegó el momento de volver a Ecuador, las voluntarias de la comitiva de recibimiento han acompañado a Liliana y Martín de paseo por Florencia, refiriendo a los demás la experiencia en el grupo de whatsapp. La visita de nuestros compatriotas nos ha dado mucha alegría y la gesta de Martín nos ha llenado de orgullo, porque ha representado al Ecuador con honor. Al final, llegaron los inevitables mensajes de despedida, «qué lindas personas, los vamos a extrañar», «que tengan un lindo viaje». A veces sucede, conocer a alguien por poco tiempo y cuando te despides sentir que lo vas a volver a ver pronto. Inexplicable pero muy grato. Hasta pronto queridos amigos, en Italia, en Ecuador o donde sea.

Familia, migración y afectos incompatibles con la geografía

Vivir en un lugar lejano del propio terruño puede causar sacrificios insólitos y laceraciones insanables, no importa qué decisiones se tomen. No es fácil imaginar hacia qué tipo de dolor pueda conducir una vida en la que los afectos y la geografía sean incompatibles. Cuestión de elección o inconsciencia, llega un momento en el que la vida presenta la cuenta a cada quien por el rumbo que ha tomado. Estos son tres relatos de momentos difíciles, como los que enfrentan tantas personas migrantes, en este caso tres familias ecuatorianas en Italia.


Roberto
es un niño vivaz, curioso y alegre; por desgracia su relación con la escuela siempre ha sido turbulenta. Nacido en Italia de padres ecuatorianos, inicialmente tiene problemas con el idioma, hasta el punto que las maestras del jardín de infantes piden a sus padres que hablen en italiano en casa, entre ellos, para que el niño no tenga problemas cuando vaya a la primaria.

Antes de llegar a primer grado Roberto es ya perfectamente bilingüe pero sus padres no viven tranquilos por otra razón. Ambos trabajan en un restaurante muy prestigioso en el cual reina una atmósfera densa, principalmente porque el dueño es tirano y dictatorial. El padre del niño renuncia después de pocos años porque no soporta como lo tratan, desde ese momento no logrará encontrar un trabajo fijo y se ganará la vida como ocasional. Luego la madre también se queda sin trabajo a causa de su segundo embarazo, cuando llega el hermanito de Roberto su jefe la maltrata hasta que ella también renuncia. Aunque sabe que encontrar otro trabajo será muy difícil, no logra soportar y se va.

La joven pareja desearía quedarse en Italia pero las circunstancias no lo permiten, es así que regresan a su país para abrir un negocio. En fin de cuentas para ellos es mejor así y se resignan pero el pequeño Roberto no es feliz, ha crecido y ha llegado a la escuela, para él Italia siempre ha sido su casa y se niega a aceptar el cambio. Desde que llega a Ecuador vive enfadado y saca malas calificaciones en la escuela. Además encuentra una maestra que quiere hacerle repetir el año porque, segun ella, no habla bien español y si pasa sin saber bien el idioma no sería justo para sus compañeros. La vida del pequeño Roberto es muy dificultosa y sus padres sufren por ello, pero no pueden hacer nada.

Clara es una adolescente como muchas otras, le gusta bailar, la ropa a la moda y las series en tv. Ella también es hija de padres ecuatorianos, sólo que ellos querían quedarse en Italia pocos años, ahorrar y luego volver a su país natal. Cuando era pequeña Clara tuvo un accidente, se cayó, se golpeó la cabeza y la llevaron al hospital. Cuando la dieron de alta los doctores dijeron que parecía fuera de peligro pero que habría que someterla a controles anuales y esperar hasta la adolescencia para tener la certeza de que no se presentarían complicaciones.

Para permitir que su hija acceda a la asistencia sanitaria italiana, la pareja decide posponer el añorado regreso. La situación cambia inesperadamente cuando, ya antes de terminar la escuela primaria, Clara dice directamente a sus padres que no tiene ninguna intención de abandonar Italia, ya que la considera su país. Hace poco, ha afirmado además que apenas sea mayor de edad pedirá la ciudadanía italiana porque ella cree que la merece por derecho y hará todo lo necesario por obtenerla.

Los padres de Clara ahora esperan poder regresar a su país para disfrutar de su vejez, aunque ya no están seguros de ello. El amor por su hija es más fuerte que el dolor provocado por el desarraigo y, al parecer, se han resignado a vivir con esta herida.

Manuel en cambio llegó a Italia solo y luego de algunos años formó una familia. Ahora está casado con una italiana y tienen dos hijos. Los precios de los boletos aéreos para volver a Ecuador a visitar a sus padres son muy altos, por eso ha logrado volver sólo tres veces en quince años. La primera vez fue solo, la segunda con su compañera y el primer hijo, la tercera vez ya casado con su esposa y con dos hijos.

Él confiaba en poder ahorrar con el tiempo e ir más seguido a su país para que sus hijos y su esposa pudieran estrechar lazos con su familia de origen; sólo que el tiempo pasaba, la situación económica no mejoraba y su madre se enfermó de Alzheimer poco antes de jubilarse. Ahora debe ayudar económicamente, como puede, con los gastos de medicinas y exámenes de su madre, que vive con su padre y su hermana.

Se ha creado una situación complicada, el dinero que Manuel podría ahorrar para un hipotético viaje lo envía para colaborar con los gastos de su mamá, la cual mientras tanto pierde rápidamente la memoria y la autosuficiencia. Las últimas veces que han hablado por teléfono han sido muy tristes, normalmente las conversaciones telefónicas con su madre eran largas y animadas pero desde que ella se ha enfermado no conversa por más de un par de minutos, ya que luego se va sin colgar el teléfono, olvidándose de lo que estaba haciendo.

El último año ha sido muy duro para todas las familias. Manuel ha tenido problemas de salud porque ha somatizado la enfermedad de su madre. Tiene insomnio, pasa siempre de mal humor y discute con su esposa por pequeñeces. Encuentra paz interior sólo al jugar con sus hijos pero la tristeza está siempre ahí, al acecho. No queda más que seguir. Seguir soportando, buscando, inventando pero también llamando por teléfono, aunque las llamadas ahora sean más cortas, porque dejar de llamar sería peor.

El peligro de llamarle fascista a todo el mundo

Fascista es una palabra muy usada hoy en día. Uno se puede ganar el apelativo por motivos graves, como el padre déspota que da coscorrones a su hijo para que mejore en la escuela, o la madre autoritaria que le deja desnudo a un niño para que sienta vergüenza y deje de mojar la cama. Por otra parte hay ocasiones en las que el adjetivo fascista es usado en manera más bien banal, dirigido a quienes defienden ideas impopulares, a los pedantes o a los descorteses.

El hecho es que hay una categoría de personas excesivamente moralizadoras, que aspiran a un mundo mejor, con más respeto, con más igualdad, con más todo; pero que son las mismas que usan el adjetivo fascista para apostrofar a todos los que, según ellos, se alejan de ese modelo de pureza celestial que albergan en sus mentes iluminadas. Es así que si un día hablas mal de una música que no te gusta ¡fascista!, si mandas a tu hijo a dormir siempre antes de las nueve y media porque al otro día tiene escuela ¡fascista!, si en una asamblea a las doce de la noche dices que no es justo que los veinte participantes hablen por tercera vez ¡fascista!, si matas a una mosca en vez de pedirle con gentileza que salga de tu casa por la puerta principal ¡fascista!
A personas así habría que llamarlas con otro adjetivo, jacobino. El problema es que fascista suena mucho peor, pone al insultado de la parte del mal y a insultador de la parte del bien. Las palabras son poderosas.
Y ese es precisamente el problema, el adjetivo fascista tiene un significado muy preciso y usarlo por motivos triviales lo transformará en una palabra sin peso. Si esto sucediera, no vamos a ser capaces de reconocer a un verdadero fascista cuando lo encontremos, ya que para nosotros será un fascista hasta aquel que no deje la basura en su lugar.
El fascismo fue el período en el cual Mussolini governó Italia, entre 1922 y 1943. Durante el fascismo quien no pertenecía al partido nacional fascista tenía problemas para trabajar, estudiar o crear una empresa; la sociedad fue dividida en corporaciones que daban un carné para cada tipo de empleo, quien deseaba trabajar necesitaba el carné; podía existir sólo la prensa reconocida por el gobierno; los periodistas podían publicar sólo las noticias autorizadas por el ministerio de la cultura popular; el gobierno daba fondos a las actividades culturales, sólo si eran autorizadas. Los sindicatos o asociaciones independientes estaban prohibidos.
En el fascismo, el gobierno decidía lo que era arte, cultura, deporte, arquitectura; lo que estaba bien y lo que estaba mal; lo justo y lo injusto; lo que debían pensar los ciudadanos. Los miembros del partido fascista tenían la misma camisa.
El fascismo condujo a Italia hacia la segunda guerra mundial como aliada de la Alemania nazi, además promulgó leyes raciales en contra de los judíos. Durante el fascismo hubo muchas obras públicas como puentes, edificios, carreteras, gracias a las cuales Mussolini mantenía su popularidad.
Todo esto es historia, consultable dondequiera. 
Por desgracia ese modelo de sociedad está volviendo. Europa está llena de movimientos de ultraderecha, ultranacionalistas y xenófobos, los mismos que desean llegar al poder para instaurar gobiernos con una visión fascista de la sociedad. Algunos gobiernos que se declaran nacionalistas ya han comenzado a elaborar políticas contra la libertad de prensa y la autonomía del poder judicial, como la Hungría de Viktor Orban y la Polonia de Beata Szydlo.
En vez de llamarle fascista a quien no le agrada la misma música que a usted, piense en un verdadero fascista. Si se le presenta uno ¿sería capaz de reconocerlo?

Ustedes: peruanos y ecuatorianos

Veinte años de paz. El 17 de febrero se conmemora el aniversario de la declaración de Itamaraty, que puso fin al último conflicto entre Ecuador y Perú. 

Nos conocimos hace poco, asistiendo a un taller de teatro. Ella tiene unos 20 años, es una jovencita tímida y parece muy frágil. Hasta hoy hemos hablado poco ya que durante los ensayos no hay mucho tiempo para conversar. A la salida, a veces, algunos del grupo nos quedamos afuera para fumar en las gradas del teatro donde nos vemos una vez a la semana. Ella y su amigo rara vez se han sumado al grupo, por lo general se despiden y se van, diciendo que si no van a perder el bus.

Ahora los dos están conmigo, en mi auto. Vamos a reunirnos con los demás en un restaurante del centro. Quedamos en eso el otro día. Alguien dijo: ¿por qué no vamos a comer algo todos juntos? Después del ensayo, ¿qué tal? El lugar del encuentro está algo lejos del teatro, así que me ofrecí para acompañarles. Luego de algunos segundos de normal incomodidad entre personas que se están conociendo arranca la conversación. Hablamos de cuánto tiempo vivimos en Italia, todos más de diez años. Luego abordamos el tema del español, entre migrantes se habla a menudo de esto porque es difícil retomar tu idioma materno cuando estás acostumbrado a hablar cotidianamente en otra lengua, de golpe nos damos cuenta de que estamos hablando en italiano y nos reímos un poco.

La carcajada relaja el ambiente y pasamos al español. Habiendo vivido todos estos años en Florencia hemos adquirido la cadencia local y sólo ahora notamos nuestras diferencias en el acento, quiteño el mío, limeño el suyo.

El novio de mi tía es ecuatoriano, me dice ella. ¿Pero te puedo decir algo? Dime nomás, le respondo. Este novio de mi tía es un poco, no sé, creído. Parece que por ser de Quito se cree mejor que los demás. Sonrío, hay gente así en todo lado, le respondo, en Quito, en Florencia y creo que en Lima también. ¿No es así? Me dan ganas de añadir algo, así que le hablo de la vieja rivalidad entre Quito y Guayaquil. Ella dice ya, de verdad, tienen rivalidad con nosotros también. Ustedes los ecuatorianos nos invadieron porque nos querían robar un pedazo de territorio. ¿No es cierto? Me lo contó mi tía.

Su afirmación me deja seco, viro la cabeza para mirarla. En menos de un segundo acuden a mi mente los recuerdos de la escuela, cuando nos decían que el Perú era el invasor, me acuerdo de la batalla de Tarqui, del juramento a la bandera, en el aire, en el mar y en la tierra. Me acuerdo también de Jaime Guevara y la canción del remiso, de los amigos peruanos que he ido conociendo. Me acuerdo que tenía veinte años durante la guerra del Cenepa y que cuando firmaron la Declaración de Itamaraty lo que sentí fue alivio.

Me acuerdo de todo esto pero no soy capaz de decir nada, simplemente esbozo una sonrisa y le pregunto cuántos años tenía en 1995, año de la firma de la declaración. Creo que dos o tres, dice, era pequeñita, no me acuerdo nada de ese tiempo. Declara todo esto con un candor casi infantil y me doy cuenta que ella vive in Italia desde que era una niña. ¿Qué rayos puede significar la guerra del Cenepa para esta joven? Le digo ¿sabes qué? Para mí la guerra, cualquier guerra, produce sólo victimas, no héroes. Esa guerra ya se terminó, lo cual es una fortuna para todos y ojalá que nunca se repita. ¡Amén! Veo que ella sonríe y también su amigo. Menos mal.

Imagino que yo solito tengo más años que los dos juntos, pero no digo nada porque la idea me hace sentir viejo. La chica ya no dice nada, esta vez es su amigo el que cambia conversación. Me gusta el teatro, dice, siento que me libera. Ah sí, eso sí, digo rapidito, el teatro es liberador, nos libera de todo, hasta de nosotros mismos. Veo que me quedan mirando con una expresión algo rara. Discúlpenme, les digo, es la edad. Los dos ríen de nuevo. Es cierto que el dolor no tiene nacionalidad, por fortuna la risa tampoco.